El concierto ofrecido hoy por la OSPA puede ser visto como relativamente ecléctico. Ecléctico porque juntaba en él nombres tan dispares, en principio, como Johann Sebastian Bach, Carlo Gesualdo, Príncipe de Venosa e Igor Stravinsky. Aunque lo que a primera vista parece un terceto que no pega demasiado bien, más adelante veremos que no era para tanto.

Pero comencemos.

La primera obra que pudimos disfrutar fue el Brandenburgisches Konzert Nr. 3, BWV 1048. En primer lugar nos llamó la atención la entrada del director, Paul Goodwin, que hizo aparición de forma más risueña que Leonard Bernstein. Después levantó las manos (sin batuta), y comenzó una coreografía mezcla del mentado Leonard Bernstein y Nikolaus Harnoncourt. Pero dejemos ahí el tema pues corremos riesgo de recordar a Paloma Josse y su Diario del movimiento del mundo en La elegancia del Erizo de Muriel Barbery (obra, por otra parte, muy recomendable). Así pues centrémonos en la música. Y comenzaré, ¿cómo no?, hablando del equilibrio. Hoy, en ese aspecto, viví una de las experiencias más extrañas de mi vida musical. Escuché perfectamente los vientos de la OSPA en una obra ¡QUE NO TIENE VIENTOS! A parte de la discutible decisión de incluir vientos (fagot, oboe y trompa, si no recuerdo mal), hubo otras decisiones discutibles. Recordemos que la plantilla orquesta de este concierto, según mi edición (Editio Musica de Budapest, 1980. Edición a cargo de István Máriássy en la colección Musicotheca Classica con el número MC 13), está formada por tres violines, tres violas, tres violochelos, un contrabajo y un clave. Sobre el escenario aparecieron seis violines, seis violas, tres violonchelos, dosn contrabajos y un clave. ¿Por qué doblar toda la cuerda excepto los chelos? No lo comprendo, lo reconozco.

Por lo demás fue una interpretación depuradísima, con los solistas en buen estado. ¡Ah! Il meglio mi scordavo, que diría el Conde de Almaviva. De las habituales toses del auditorio ni rastro. ¿Leerían mi crítica anterior?

La respuesta es no. Concierto en mi bemol mayor “Dumbarton Oaks”. Ya he averiguado, creo, el significado de las toses. Es el tosímetro. Si una obra no les agrada el público tose. Y esta obra fue demasiado dura para sus finos oídos. A pesar de que esta obra de 1938 tiene un profundo corte neoclásico, tiene muchos aspectos propios de Stravisnky, especialmente en el Allegretto. Y ahí es donde comenzó la lucha entre las suaves texturas del ruso y el concierto para tos y caramelo de gran parte del público. Creo que ganó el último. Como dato curioso, un caballero situado a mi izquierda se quedó dormido. ¿Cómo se puede dormir alguien con Stravinsky? A todo esto, ¿cómo? ¿con qué cara puedo pedir respeto por parte del público si la propia orquesta no se respeta? Me explico. Durante un pasaje pianissimo de las maderas realmetne bien conseguido, toda la sección de cuerda, al unísono, pasó de página haciendo más ruido que el Krakatoa en erupción. Por lo demás fue una interpretación muy interesante. Impresionante la precisión gestual de Paul Goodwin y la atención que mostraba la OSPA a sus indicaciones (Que normalmente recuerda a la WPhO, sin serlo, ni mucho menos. Ya conocen el chiste, el concertino de los WPh y un amigo se encuentran en la calle y le pregunta el amigo. “Así que esta noche os dirige Krauss ¿Qué tocais?” A lo que el violinista responde, “Él no lo sé, nosotros la pastoral”). Por si alguien no conoce aún Dumbarton Oaks, les dejo aquí un enlace para que lo disfruten: http://www.youtube.com/watch?v=WQszFzbxwbM&feature=related y http://www.youtube.com/watch?v=a8_XpOcmB8I&feature=related

Y llegamos a la parte más interesante del concierto. Igor Stravinsky, como homenaje a Gesualdo, escribió, en 1960, el Monumentum Pro Gesualdo di Venosa ad CD Annum. Ese Monumetum consistió en orquestar y recomponer de manera parcial tres de los madrigales del príncipe. Más concretamente los XIV del libro V, XVIII del mismo libro y II del VI. La atractiva propuesta de la OSPA consitió en alternar el madrigal original con la obra de Stravisnky, así escuchamos el primero de los madrigales “Asciugate i begli occhi” y a continuación la obra del ruso. Pues he aquí otro de los momentos intersantes de la noche. Mientras el señor que plácidamente dormía en Dumbarton Oaks continuaba entregado a los brazos de Morfeo, mientras cantaba el coro los madrigales de Gesualdo, la mitad de la orquesta ¡se puso a bostezar! ¿Cómo quieren que me concentre en el sonido del coro si tengo ante mi un violín segundo que parce un león rugiendo? A parte de esa intolerable falta de respeto, entraré a juzgar, al coro.

En la crítica anterio ya confesaba que siento una gran admiración por parte de El león de oro. Me impactó mucho su interpretación de la Matthäus Passion en 2008 con la Oviedo Filarmonia bajo la dirección de Friedrich Heider. Esta vez tampoco decepcionó. Magnífica la afinación, pese a la enorme dificultad de la obra de Gesualdo, sonó muy bien empastado (quizá, por poner un par de pegas, las sopranos resultaron un poco estridentes, y sigue sin convencerme esa manía de cantar Senza vibrato).

Y con esto pasamos a la última parte del concierto: Pulcinella del propio Stravinsky.

Durante la mayor parte de esta obra de 1920, el Strvinsky del Pájaro de Fuego o La Consagración está desaparecido.Si no conociese la obra diría que es de un autor muy anterior. ¡Señores! ¡Esto suena a mezcla entre Barroco y Clasicismo!

Las partes solistas corrienron a cargo de Johannette Zomer (Soprano), Agustín Prunell – Friend (Tenor) y Josep – Miquel Ramón (Barítono). Solventaron bien sus partes, aunque hubo alguna pega, por ejemplo, Johannette pronunciaba el italiano con un fuerte acento holandés. Además, en su parte más conocida (el Se tu m’ami de Pergolesi que Stravinsky toma prestado para su obra) al ser un aria tan cantada y conocida pasó tranquilamente de mirar la partitura y dijo O diletto de’tuoi martiri en vez del correcto O dolor de’tuoi martiri. El tenor no cometió esa clase de errores pero mostró una voz muy pequeña para su cometido. Que suene a clasicismo no quiere decir que lo sea. Algo así como si contratamos a Juan Diego Flórez para que canten Siegfried. El barítono no tuvo demasiados problemas con sus no fáciles intervenciones.

La Ospa se mostró suficiente, con un más que buen equilibrio entre las distintas partes y, ya que una crítica sin reproches queda fea, podemos señalar que habitualmente existe un muy pequeño rango entre piano y forte en esta formación. Que el director se agache hasta tocar el suelo con las narices y después pegue un salto hasta el techo y la orquesta cambie con ello la potencia en dos decibelios queda, por lo pronto, raro.

En conclusión, un muy buen concierto. De la mano del alegre Paul Goodwin la orquesta ascendió de tercera división a segunda y luchando por el ascenso. Un notable altísmo tirando a sobresaliente.

P.S. Durante Pulcinella, el número de durmientes entre el público por mi localizados ascendió a dos.