Porque sí, aunque parezca mentira, E.E.U.U. ha dado al mundo, en proporción, menos cantantes importantes que ningún otro país importante (Andorra ha dado menos, ya lo sé). Si nos paramos a pensar ¿Cuántos cantantes de primera ha dado España? ¿O Alemania? ¿o Francia? para no mencionar ya Italia. Pero ¿E.E.U.U? Poquitos, poquitos. Sin embargo he aquí un ejemplo de Cantante Grande con mayúculas.

Rockwell Blake nació en Pittsburgh, el 10 de enero de 1951. Comenzó a estudiar canto con Renata Carisio Booth (su única maestra) debutando en el Kennedy Center como Lindoro en L’italiana in Alghere de Rossini, en 1977.

Al año siguiente ¡Milagro! gana el concurso Richard Tucker (digo milagro porque es raro que un cantante importante gane un concurso. Recordemos a Alfredo Kraus que en el premio de Ginebra no logró ni una mención o el caso de Carlo Bergonzi que, en el único concurso al que se presentó, quedó último). Más adelante llama la atención del gran George London (¡Qué Adioses de Wotan con Kna! ¡Madre!) que promueve su carrera haciéndolo debutar en sitios como Houston, Chicago, San Francisco…

En 1983 debuta en Europa, en el Festival de Aix – en – Provence, con Mitridate, rè di Ponto de Mozart. Ese año también canta en mil trescientos millones de sitios más en Europa, Zúrich, Niza, Lyon, Estrasburgo, Ginebra, Marsella, Florencia… hasta que canta en el Festival de Pesaro, mostrándose como lo que es y lo que fue: El mejor Rossiniano del siglo XX.

Tras arrasar en Pésaro le llueven las ofertas de las grandes plazas, que van claudicando, de Turín a Viena,  sin remedio al tremendo arte del americano, hasta que recala en La Scala con una producción de La Donna del Lago de Rossini bajo la dirección de Riccardo Muti y de la que aún hoy se habla.

Se retiró en 2005 cantando Rossini, ¿cómo no? y, desde 2001, da clases en Milán.

El instrumento de Blake tiene un par de pequeños problemas, no es especialmente bello ni demasiado poderoso. Además se especializó en un repertorio que en su momento era realmente árido para el oyente: Rossini. A cambio posée una técnica casi perfecta, un fiato (ruego escuchen con atención las grabaciones en este sentido) increiblemente largo, casi inhumano y un agudo fácil y luminoso, además de una capacidad increible para las agilidades que, en un gensto de buen gusto, no convirtió  en un fin en si mismo (en ese aspecto, y muchos otros, debería aprender de él el archicelebérrimo Juan Diego Flórez, que inventa agilidades hasta en Verdi). Pero ya está bien por hoy, escuchemos al Gran Rockwell Blake.