El jueves 27 pudimos acudir a la primera representación de Tristán. En principio estaba previsto Lohengrin, pero se quedaron sin presupuesto. El caso es que, cuatro años más tarde, volvió Tristán. Si tomó prestado el cisne a Lohengrin para ahorrar costes de desplazamiento, eso es un misterio.

Pero pongamos manos en harina.

Para comenzar, por comenzar por algún sitio, la puesta en escena, la misma que en 2007, fue muy interesante. Interesante porque no hacía daño, cosa muy meritoria para los tiempos que corren. Eso sí, no entendí nada. ¿Qué sentido tiene la clonación? Teníamos dos Tristanes y dos Isoldas en escena. Al final intuí que los dos actores representaban, en realidad, el alma de los enamorados. Eso si, creo que el escenógrafo, Alfred Kirchner, no ha oído hablar nunca de la Gesantkunstwerk, si no no se habría saltado a la torera las muy precisas indicaciones escenográficas de Ricardo I.

Durante el primer acto, el barco tristanesco estaba representado por una especie de tablas a guisa de proa, pero, milagro milagroso, la marineria salía de detrás de la proa del buque. ¿Iban colgados junto al áncora?

En el segundo acto, toda la escena estaba copada por una red de pescador que servía de vestido a Isolda, tanto a la actriz como a la cantante, que se alternaron a la hora de ponerse tan estrafalario artilugio y gracias al cual  el buen Rey Marke, uno de los pocos que no mueren, casi se mata.

El tercer acto, sin embargo, me gustó mucho. La sala de un castillo, sin un solo mueble, muy oscura y con una luz que atravesaba la escena y que, esta vez sí, parecía un precioso rayo de luna. Sencillamente encantador.

Pasemos a los cantantes.

Nuestro Tristán fue uno de los más eximios tenores wagnerianos del momento: Robert Dean Smith. No es la primera vez que disfrutamos de su presencia en Oviedo, sin ir más lejos, el año pasado nos bridó un notable Siegmund de la mano de Mark Janowski. Aunque él opina que Tristán es un papel para cantar y no para gritar (¿existen papeles para gritar?), su voz nos parece un tanto pequeña para el repertorio que aborda. Sin embargo cantar cantó, y lo hizo muy bien.

Su compañera, Elisabete Matos, Elsa programada, debutaba el amable, agradecido y fácil papel de Isolda (espero que se note la ironía). Tan agradecido es el papel que la persona que me invitó a la velada me preguntó “¿A qué nota dices que debe llegar?” Cuando le confirmé que era un Do 5 me dijo “Pues no parece que haya llegado nunca”. A decir verdad llegó, todas las veces que debía llegar, con soltura y firmeza. La portuguesa quizá nunca llegue a ser una Isloda de raza, al  estilo de Flagstad, Varnay o Nilsson, pero sí puede hacer, viendo su debut, de Isolda uno de sus grandes papeles.

Y si la pareja protagonista estuvo bien, Kurwenal, Marke y Brangäne sencillamente lo bordaron. Con unos instrumentos mucho más notables que los de los protagonistas, sacaron todo lo que se podía sacar de estos tres personajes. Impactantes el bello timbre y nobleza escénica de Marke (Felipe Bou, alumno de Kraus), maravillosa la gran voz de Brangäne (Petra Lang) y tremendo Kurwenal (Gerd Grochowski).

Los demás miembros del reparto (Javier Galán, Juan Antonio Sanabria y Jorge Rodríguez – Norton) estuvieron también a buen nivel.

El otro debutante de la noche en Tristán, junto a Elisabete Matos, fue el director de orquesta, Guillermo García Calvo. Sacó todo lo que se puede sacar de la Ospa. Sonido seave y aterciopeado donde debía, contundente y poderoso donde correspondía (parece increíble que la Ospa pudiese alcanzar esas dinámicas), sin pifias que yo recuerde. Hizo una muy buena labor y habrá que estar atentos a ver qué trayectoria sigue el Madrileño. Parece que sus pasos por Bayreuth han echado fruto en él. ¿Habrá por fin un buen wagneriano español?

La nota negativa de la noche la puso, una vez más, el público. Decía Smith que era muy de agradecer que el público siguiese allí después de cinco horas (me comentaban que en ¿Mieres? el ayuntamiento retransmitió a una sala de la casa de cultura la tercera sesión. Entraron treinta y, al final, quedaban tres). Sin embargo el tosímetro funcionó a pleno rendimiento. Me decía mi acompañante que eso de las toses es habitual. Si ponen una Tosca, cesan de inmediato en Recondita armonia, Vissi d’arte y E lucevan le stelle. El resto de la representación es un concierto de Tos. Pues bien, en Tristán, el director tuvo que esperar a que parasen las toses antes de comenzar. Secillamente es vergonzoso. Si no le gusta ¡No vaya! ¡Pero dejen que los que sí queremos escuchar escuchemos! Estuve tentado a salir en el descanso a la farmacia más cercana para adquirir un mucolítico para la señora sentada a mi derecha. ¡Toda la noche aspirando mocos! ¡Límpieselos a la manga y deje de meter ruido! ¡Farmacéuticos del mundo! ¿Quieren hacer negocio? ¡Pongan una oficina en el Campoamor o en el Auditorio Príncipe Felipe! ¡Verán que la Acetil cisteina y la dihidrocodeína son rentables!

Hans.

P.S. Os dejo una entrevista con Smith sobre este Tristán: http://www.lne.es/oviedo/2011/01/31/musica-tristan-e-isolda-causa-gran-orgasmo-psicologico-fisico/1026961.html/