Si el viernes habíamos acudido a Oviedo a escuchar el Réquiem Alemán de Brahms, el domingo fuimos a ver el de Fauré a Gijón. Pongámonos manos en harina.

El concierto de la Osigi se abrió con la Sinfonía nº 25 Kv. 183 de Mozart. De mano me llamó la atención que Óliver Díaz utilizase un remedo de la plantilla wagneriana, me explico. Hay tres maneras de colocar a las cuerdas en una orquesta, la primera es, de izquierda a derecha, violines I y II, violas (centro), violonchelos (derecha) y contrabajos (tras ellos). Otra sería Violines I  y II, Violonchelos, Violas y Contrabajos. La Tercera (propuesta por Wagner  y que sólo se usa en Bayreuth) sería Violines II, violas, violonchelos, violines I y Contrabajos. Una similar (violines I, violas, violonchelos, violines II y contrabajos, fue utilizada por Beethoven en el estreno de la 7ª sinfonía y fue la utilizada por Óliver el domingo).  Dicho esto, diremos que la visión de Díaz fue realmente interesante e impresionante, muy briosa. Es una lástima que la orquesta no esté a su nivel (pocas lo estarían porque, si he de ser sincero, cada día estoy más convencido de que Óliver Díaz sobra en Asturias, si viviese en Alemania o en Austria ya estaría trabajando con orquestas de primer orden, tipo BPhO, WPhO, Staatskapelle Dresden o Concertgebown) si bien casi todo estuvo en su sitio, las trompas, y no soy el único que lo piensa, fueron de lo peor que he escuchado jamás en mi vida. Horribles, realmente horribles. Como dijo, acertadamente, mi muy querido A.G., que me inivtó a asistir, “fallaron una de cada dos notas”. Esto me hace recordar una frase de Karajan sobre su estancia en Aquisgrán. El Salzburgués decía que, cuando se trabaja con una orquesta pequeña el director no debe escuchar lo que hacen sus músicos, sino escuchar simplemente lo que tiene en su cabeza. Si somos, como público, capaces a hacer eso, veremos que esta sinfonía fue impresionante. Personalmente me quedé con ganas de escucharla otra vez. Y, a decir verdad, la primera parte fue bien corta. Estaba previsto que tocasen también la Sinfonía la Lamentación de Haydn, pero no lo hicieron. Lástima pues habríamos podido comparar la interpretación de Díaz con la lamentable Lamentación de Valdés del año pasado por estas fechas.

La segunda parte estuvo dedicada al Réquiem de Gabriel Fauré. Vaya de antemano que no es un réquiem que me guste. No me parece que cuadre bien con el texto. Dicho esto, el coro nos pareció más bien escuálido. Sin embargo me gustó mucho la pronunciación, llegando a oirse claramente cosas como Luceat.

Los Solistas, la soprano Begoña García Tamargo y el barítono Arturo Pastor, cantaron sencillamente mal. Muy mal. Ninguno supo dar con tecla adecuada a la sensibilidad fauriana. Especialmente al barítono se lo notó forzado, con voz tremolante y fea. Ojalá hubiesen secuestrado a los solistas que utilizó la Ospa en su concierto anterior.

En cuanto a la visión oliverina del réquiem, fue muy interesante. ¡Este sí sabe diferenciar un forte de un piano! Interpretación muy matizada, como corresponde al que posiblemente sea el mejor director de la región.

Repetimos, lo mejor del concierto, la Sinfonía nº 25 de Mozart. Lo peor, los solistas de la Misa.

Lástima que no haya un archivo fonográfico asturiano que pueda recoger todas estas interpretaciones. Me gustaría haberme podido llevar a casa estas interpretaciones de nuestro Riccardo Muti particular.

Hans.

P.S. Bronca a la organización del Jovellanos. Cuando ha comenzado la obra no debe permitirse la entrada de nadie. Y es que tres o cuatro personas llegaron tarde y entraron comenzado el Allegro con brio mozartiano, con las consecuentes molestias.