Debo comenzar, creo, explicando el por qué de la inclusión de esta crítica en un espacio habitualmente reservado a la música. La única explicación es que una de mis más antiguas pasiones es el Teatro. Para que nuestro apreciado lector se de cuenta de lo que digo, aún no conocía todas las sinfonías de Beethoven cuando ya había leído todas las tragedias de Shakespeare, mucho Goethe, mucho Schiller, algo de Ésquilo, Sófocles, Eurípides, Aristófanes… Quizá por ello me gusta tanto la ópera. Porque reúne en una estas dos pasiones.

Dicho esto, manos en harina.

Habremos de comenzar diciendo que procuro ser extremadamente puntual, costumbre que me lleva a, por ejemplo, poner todas las semanas en hora mi reloj por el Real Observatorio Naval de San Fernando. ¿Y a qué viene esto?, se preguntará, no sin razón. Pues al hecho de que la función estaba anunciada a las 10:15. Cuando llego al auditorio, en cuya sala polivalente se llevaría a cabo la representación, había sido retrasada hasta las 10:30. No entramos en la sala hasta pasadas las 10:45, y aun así, debimos esperar otro cuarto de hora. Las disculpas presentadas por la directora del grupo, aunque lógicas (sólo faltaba que no se disculpase), me parecen insuficientes, pues la falta de respeto hacia el público con un retraso de media hora, es enorme.

Dejada constancia de mi protesta, continúo.

La función se llevó a cabo, como hemos dicho, en la sala polivalente del Auditorio Príncipe Felipe. La misma presentaba un bochornoso vacío, con la afluencia de, con suerte, medio centenar de personas (en una sala de 535 butacas).

La obra representada por el grupo de teatro del I.E.S. La Magdalena era El Café Triana. Debo decir que fue sorprendente. Hablando con uno de los participantes hace unos días, me refirió que se trataba de una comedia de humor inteligente “que puede que no entiendas”. Así que llegamos dispuestos a ver una obra llena de difíciles juegos, al estilo de un Oscar Wilde, o la sutileza de un Willy Wilder y nos encontramos con una obra absurda. Ojo, y esto es necesario que quede bien claro y patente, absurda, que no estúpida. Para que se hagan una idea, tenía mucho más que ver con el humor absurdo y fino de Les Luthiers que con el humor estúpido y descerebrado de Jackass o Jim Carrey.  Y aunque no tuviese la genialidad y la carga social que va emparejada con los argentinos, resultó una obra elegante e interesante, que destilaba humor por todos sus poros, llevado adelante por unos personajes algo estereotipados y exagerados, un poco plautinos, aunque sin llegar a ser tan de cartón piedra como los del sarsinate. Todo esto tiene aún más valor si tenemos en cuenta que el texto no fue creado por un autor específico sino que, como desvela el programa de mano (y la alocución inicial de la directora del grupo, de la que hablaremos al final) fue creación de los propios estudiantes, a través de unas improvisaciones (hechas en clase, suponemos), a partir de la lectura de tres obras (no se especifica cuáles) de Carlos Goldoni, con la dificultad añadida, y muy bien resuelta, por otra parte, de que había que hacer actuar a 44 personas.

La obra transcurre en una especie café flamenco, del que iban apareciendo  desapareciendo en rápida sucesión toda clase de personajes estrafalarios. Por ejemplo, una pareja muy empalagosa (“Enamorado” y “Enamorada”) en su primer aniversario. Él, que había de regalarle una flor muy especial, esperaba hacerlo por la tarde, pues “Amiga” debía envolverla. Pero las chismosas camareras vieron a Enamorado darle la flor a Amiga, lo que fue puesto en conocimiento de Enamorada, que intentó darle celos a Enamorado con Amigo. Terminando todo en un bello final feliz. Entre tanto, pasaron por el bar una pareja de maxisupermegahipocondríacos; un terceto de mujeres que leían revistas del corazón y estaban tan bien sincronizadas que hablaban al unísono, tanto que, en el delirante diálogo, la camarera pregunta “Van a tomar algo”, “sí” contestan al unísono y siguen igual “Una Coca – cola”  “¿Una?” dice la camarera, “Tres”, contestaron, siempre al unísono, el terceto. También apareció una estrella del pop descrita como lo mejor tras Justin Babas, esto, Bieber. Y cuya esposa (Adela Iuliana Popescu), intentaba quitarle una cohorte de seguidoras de encima. Aunque debemos decir que la participación de la gran Adela Popescu fue francamente decepcionante, pues más que agredir, como se suponía, a las seguidoras, parecía que les quitaba el polvo. Aunque mucha mejor suerte no tuvo la otra diva de la velada, Maria Ionela Popescu, a quien intentaban quitar el novio (en otro delirante y maravilloso minidiálogo, que resultó ser de lo más desternillante de la velada). Aunque la pelea de Ionela Popescu estuvo mucho mejor escenificada que la de su hermana, tampoco resultó creíble. Quizá no resultaron convincentes estas dos intervenciones porque estamos acostumbrados a verlas enfadarse hasta que la bilis les sale por los ojos.

También fue muy gracioso el hombre al que rodearon todas las féminas del bar, y resultó ser Gay. O el absolutamente desternillante diálogo entre la dueña del bar, que quería toros y faroles por doquier, y el estilista gay que quería hacer algo “lorquiano”.

Ahora pasemos al lado negativo. No llegué a comprender el porqué de la primera canción, que sí habría entendido al final de la obra, como despedida de todo el elenco. Tampoco comprendí los cánticos flamencos que se incluyeron. Quiero decir con ello que si eran un elemento estable del Café, debieron estar siempre en escena, sino ¿cuál era su función? Así mismo, tampoco comprendí los bailes que se hicieron. No llegué a vislumbrar el porqué de la inclusión de un trompetista y una violinista en la canción flamenca final. Especialmente, si se tienen tan pocos conocimiento de acústica que se hace tocar a la violinista con las f hacia el escenario, especialmente si la rodeas con dos cantantes con micrófono y una caja de ritmos, es casi imposible escucharla.

También debemos señalar como negativas las dos alocuciones de la directora del grupo. En la primera se propuso explicarnos qué íbamos a ver, cosa completamente innecesaria porque, por una parte, teníamos el programa de mano donde se decía más o menos lo mismo y, por otra, no creo que deba explicárseme una obra que voy a ver a continuación. Ahí se ve que está acostumbrada a tratar con jóvenes muy jóvenes. La segunda alocución me resultó no sólo prescindible, sino casi insultante para su grupo. Consistió en una Captatio Beneuolentiae, explicando que estuvieron esperando el autobús dos horas, que algunos miembros se acababan de aprender el papel, que faltaban otros… Ayer yo tuve que cantar El Cazador Furtivo de Carl Maria von Weber. Me desperté con la nariz tan taponada que apenas podía respirar. ¿Al público le interesaba? No, lo único que le interesaba es que yo hiciese un buen Max. Aquí pasa lo mismo, si la obra ha estado bien, ha estado bien. Sino, no lo ha estado.

Como balance final diremos que, en el lado negativo está la trágica brevedad de la obra (unos treinta minutos) y en el positivo el hecho de ser tan graciosa, entretenida e interesante que hace que esos mismos escasos minutos pasen volando. Es una lástima que no haya más funciones o que no se saque un vídeo de la actuación.

Un cordial saludo.

Hans Knappertsbusch.