Pensábamos que no existía mejor manera de comenzar este año Verdi que con un Trovatore desde uno de los tamplos sagrados de la Lírica Mundial: La Ópera Metropolitana de Nueva York.

Nos equivocábamos.

La interpretación comenzó un redoble de timbal que prometía mucho (eso sí, de la caja prescrita por Verdi, ni rastro). Pero ahí se quedó todo. La primera intervención de la noche, el ralato de Ferrando (Christophoros Stamboglis) fue un tanto decepcionante. El bajo (bajo de verdad), tenía unos graves más que decentes y un centro interesnate, sin pasarse, pero carece por completo de agudos, excepto de paso, cosa que no le sienta muy bien a Ferrando, que más que un bajo es un Bajo – Barítono. Además, hubo alguna cosa desconcertante, por ejemplo, cuando Ferrando dice “Asserì che tirar del fanciullino l’oroscopo volea -bugiarda” (Aseguró que tirar del chiquillo el horóscopo quería, ¡Mentirosa!) el coro empezó a reirse.

El amigo Stamboglis supo recomponerse y finalizó como un decente Ferrando (muy buenas sus intervenciones en el “trío” con de Luna y Azuzena del acto III). Sin embargo, el hecho de que su única intervención realmente importante sea al comienzo de la ópera jugó en su contra.

Tras él le tocó el turno de entrar a Leonora (Angela Maede). Voz un tanto oscura, con mucho cuerpo, empezó un tanto fría, pero que fue sumando puntos a lo largo de la función. Si empezó con un agudo escaso, lo terminó con uno seguro, pero tendiendo  hacerlos siempre piano, excepto en “Tu verdrai che amor in terra”. Sin embargo no me convenció su visión del final del Acto II en la que en vez de animar a Inés, una vez que a tomado la decisión irrevocable, al menos eso cree Leonora,  de enclaustrarse, parrecía una pequeña Bambi asustada.

Su Aria del Acto IV fue realmente buena, muy bien cantada, muy bien matizada… La verdad es que lo tenía todo, o casi. E incluso mejor que ese “D’amor sul’ali rose” fue “Tu vedrai che amor in terra”. Baste decir que con estas dos intervenciones se metió a todo el público en el bolsillo, llevándose las dos grandes ouationes de la tarde.

Al Conde de Luna (Aleksei Markov) se le notaba bastante el acento extranjero (especialmente en las fortísimas RR), pero fue de lo mejor de la fucnión.  Magnífico en en todas sus intervenciones.  Si no hace olvidar a gente como Bastianini, sí al menos da el pego. Eso sí, tuvo la mala suerte de mantenerse siempre en el mismo sitio, mientras que Leonora fue ascendiendo desde la mediocridad hasta el estrellato, terminando por imponerse como lo mejor de la noche. Felicidades a Aleksei Markov por ser el finalista.

Él y Leonora protagonizaron el que fue, de largo, el mejor número de la noche, el dúo del acto IV. Aunque ella terminó merendándoselo, al menos no lo desintegró, como a Manrico (aunque no adelantemos acontecimientos). Un dúo para el recuerdo.

Azuzena (Stephanie Blythe) fue la más extraña de la función. A sus 43 años, se le nota la voz bastante cascada. Con tanto vibrato que parecía que trinaba cada nota y muy forzada en la zona aguda. Pero lo compensó una entrega fenomenal que nos hacía sufrir con ella. Sobresaliente sin más su comienzo del acto III.

Y llegamos a Manrico (Marco Berti). Un tenor realmente completo: Sin agudos, sin centro, sin graves y con una voz bien fea. Fue como una versión pálida de Carreras. Si de Azuzena decíamos que solventó sus carencias con una interpretación arrojada, Manrico no las compensaría ni con un Petrolero de ella. Increíble. De hecho, nos hizo vivir una situación realmente curiosa: En el magnífico dúo con Azuzena en el Acto II (magnífica música, que no interpretación), se dejó un más que incómodo silencio tras “Sì, lo giuro: questa lama scenderà dell’empio il cor!” y antes de la llamada de  trompa antes de que al público se le ocurriese llenarlo con aplausos. Sabemos que ahí se suele aplaudir, pero no puedes obligar al público, al que no le apetecía nada, a hacerlo.

El hombre lo intentó con la Pira, con un largo Do sobre All’Ar… que no supo medir y que se desintegró en Mi.

Como dato curioso, diremos que Ruiz cantaba bastante mejor (y se lo oía bastante más) que Manrico.

Nos preguntamos, si Marco Berti es un buen Manrico para la Met, un tenor como Alejandro Roy es Dios sin paliativos.

El coro fue bueno, muy bueno. No llega al nivel del de la Wiener Staatsoper, del de la Scala o del de la BR, pero estuvo muy bien.

La orquesta, pálida, sin vida. Aburrida. Una supremacía abrumadora de la cuerda, con unos metales y maderas desaparecidos en combate. Ni comparación con otras orquestas a las que ya nos hemos acostumbrado aquí, como la Radio de Baviera. Por supuesto, las comparaciones con otras orquestas americanas sentaría mal a la Met, pensamos en, por ejemplo, la ejemplar dirección de de Falstaff hecha por Welser – Möst en Cleveland en 2006.  Son directores así los que hacen que gente como Dudamel parezca buena.

Lo mejor de la dirección de Daniele Callegari fue que no hizo más que un corte (la repetición de la Pira), lo que es de agradecer.

En conclusión, un decepcionante Trovatore, en el que lo mejor fue una Angela Maede que supo crecer desde un aprobado raspado inicial hasta un sobresaliente, un siempre notable Aleksei Markov y el redoble de timbal inicial. Y lo peor, curiosamente, los italianos: un claramente insuficiente Marco Berti y la dirección sin vida de Daniele Callegari.

Esperamos que todo haya sido producto de la intenpestiva hora de la función, pues la una de la tarde no es la mejro hora para cantar.

Mañana, si Dios nos es propicio, desde Hamburgo escucharemos Rienzi.