Siguiendo con las celebraciones del año 2013, hoy nos presentamos como oyentes para seguir la ópera Rienzi de Wagner en Hamburgo.

Si tras escuchar en uno de los grandes teatros del mundo una ópera del repertorio estándar que se hace en casi todos los teatros casi todos los años y sólo hemos podido salvar un notable Conde de Luna, una sobresaliente Leonora y el redoble de timbal inicial… Ante una ópera infrecuente en versión de concierto… temblar era poco.

Sin embargo tuvimos una tarde operística realmetne magistral.

Simone Young, directora de la Staatsoper de Hamburgo, eligió una edición sin apenas cortes, al menos con más música que Sawallisch, Zillig o, por supuesto, von Matacic. Su dirección fue realmente fina, elegante, atenta a las voces, apoyándolas en vez de competir con ellas (que es lo que hacen muchos inexpertos directores en Wagner. Haciendo una pequeña digresión, en cierta ocasión Wagner dijo “Los pianos háganlos lo más suavemente posible y los forte no se los tomen demasiado en serio. A fin de cuentas, ustedes son cien y ahí arriba hay una solitaria garganta humana”). Quizá le faltó contundencia en algunos momentos, pero fue realmente dramática, muy interesante.

La orquesta, la Philharmoniker Hamburg, respondió a la perfección, demostrando que incluso las orquestas de segundo orden en Alemania suenan mejor que casi todas las demás. Muy remarcable el toque de trompa del comienzo de la obertura, repetido las cuatro veces de manera distinta. Un poco más fuerte cada vez, demostrando que esta directora y su orquesta tienen una paleta de color casi inagotable.

Muy bien logrado el equilibrio entre las secciones.

Por su parte, el coro (el Hamburger Staatsopernchor) demostró ser mucho mejor que el neoyorquino.

Por otro lado, los solistas fueron todos maravillosos. Rienzi (Andreas Schager), al que ya habíamos escuchado como Sigfrido, se mostró como uno de los grandes wagnerianos del momento, muy en la línea de Dean – Smith. Si empezó un poco frío, no tardó en recuperarse y clavar su papel. Si no tiene la belleza de un Windgassen o la presencia vocal de un Treptow o un Hopf  (tenores muy infravalorados),  por no decir ya de un Melchior o un Lorenz, sí que tiene cualidades para triunfar, a diferencia de las voces blanquecinas que hoy cantan Wagner, como Florian Voigt, que los dioses confundan, o engoladas como Kaufman, otro que irá sin remedio al infierno canoro.

Hemos de remarcar las muy buenas voces medias logradas en su aria final Allmächt’ger Vater, blick herab, del acto quinto. A parte del heroismo y marcialidad allá donde hacían falta.

Maravillosas las dos féminas, Irene (Ricarda Merbeth), a la que esuchamos un realmente maravilloso primer acto de la Valquiria en Oviedo, junto a Dean Smith y Marek Janowski dirigiendo a las huestes de la Radio de Berlín; y Adriano (Katja Pieweck). Ambas se trasformaron en sus personajes. Es difícil imaginarlos en otras voces, especialmente cuando Pieweck muestra tan a las claras por qué debe ser cantado este papel por una soprano, voz para la que lo pensó Wagner, a diferencia de lo hecho por Matacic (el tenor Josef Traxel), Scherchen (el tenor Gianfranco Cecchele) o Sawallisch (el barítono John Jansen). Emocionante y terrible a la par en su bella y difícil aria Gerechter Gott, so ist’s entschieden schon del acto III.

Si Ricarda Merbeth rozó la perfección, en el caso de Katjia Piewck la perfección la rozó a ella.

En cuanto a los papeles secundarios, tanto Orsini (Eike Wilm Schulte), como Colonna (Wilhelm Schwinghammer),  Baroncelli (Martin Homrich) y Ceccho di Vecchio (Moritz Gogg), estuvieron también al nivel de sobresaliente. Mención a parte merecen, el Cardenal Raimondo Orvieto (Jongmin Park), bajo de voz oscura y brillante, mucho mejor que el Ferrando presentado ayer en la Met, y la espectacular y bellísima Friedensbote (mensajera de Paz) (Solen Mainguené).

Por lo visto, si uno quiere escuchar buen canto debe ir a Hamburgo y no a Nueva York, ya que hasta los coprimarios cantaron mejor que los titulares de ayer.

Un Rienzi, por tanto, que debería pasar a la historia.