Hace poco menos de un mes, pudimos escuchar desde la Ópera Metropolitana de Nueva York un Rigoletto del que preferimos no opinar en su momento. Ahora lo haremos brevemente, para ilustrar lo que hoy hemos escuchado.

Sobre el dichoso Rigoletto, que en justicia debería haberse llamado Gilda, diremos que consistió en un ángel venido del cielo (Diana Damrau, una de las Gildas más delicadas y sentidas que he podido escuchar) rodeada de gañanes. Un Duque de Mantua (Piotr Beczala) que no cantaba Il Duca, sino que se pegaba con el papel. Un Sparafucile (Stefan Kocán) que bien podría haber sido también Duca. Un Rigoletto (Zelijko Lucic) que parecía un bajo y que tenía unos problemas casi insalvables en la zona aguda. Eso sí, la dirección de Michele Mariotti fue bastante buena, pese a la actual orquesta de la Met. ¡Dónde fue a parar esa gran orquesta de los ochenta y noventa?

Todo esto viene a que hoy hemos escuchado Traviata en el mismo escenario. Por desgracia no llegamos para escuchar el primer acto, así que sólo pudimos escuchar los dos últimos. Digamos que todo es demasiado raro. De entrada escuchamos a un tenor (Saimir Pirgu, debe ser que en los Balcanes hay oferta de cantantes, pues este es albanés, Stefan Kocán es eslovaco y Zelijko Lucic es serbio) que si me dicen que es Hänsel me lo creo. Una voz clara, blanca… más adecuada a Rossini que al Verdi de Traviata. Como un Rockwell Blake pero  “esaborío”. Tanto, que casi (sólo casi, no nos pasemos) hemos echado de menos a Flórez.

Sinceramente, a día de hoy, esto se puede cantar mucho mejor. Sino, comparen:

Lo que nos hizo Pirgu:

Con lo que es posible hacer hoy día

Después, Traviata (Damrau). Si bien no es un papel en el que me haya convencido (a milenios luz de su Gilda), visto lo que tenía en su entorno fue lo mejor de la noche. También debemos tener en cuenta de debutaba el papel. Quizá con más rodaje nos deje también una gran Violetta.

Nézet – Seguin se confirma como uno de los grandes de la batuta ahora mismo. Una dirección tensa y vibrante, precisa y flexible, preciosa y detallista (pese a la orquesta, menuda porquería de vientos. Por más que me esfuerzo función tras función y director tras director, apenas los oigo). En su contra diremos que metió algunos tijeretazos “singulares”. Cosas que normalmente aparecen no salían y cosas que normalmetne salen no aparecían.

Pero dejamos lo mejor para el final. Sin duda el gran triunfador de la noche, oídos los aplausos del público, fue el Giorgio Germont de Plácido Domingo. Tras actuaciones como esta me pregunto si la gente oye o sólo lee. El aplauso atronador con el que fue recibido es inaudito. A cambio su canto baritonal es inaudible. Muchísimos problemas en una zona (de re2 a si2) en la que no debería tenerlos si se considera un barítono. Problemas de fiato. Problemas con el texto, que se le olvidaba. ¡Si hasta nos escatimó los pocos agudos consagrados por la tradición!

Llamar a este Papá Germont vergonzoso es quedarse corto. Tras el dúo con Violetta, estaba deseando, a la vista de lo que intuía (confirmado más adelante) que restaba por escuchar de este esperpento, que la pobre mujer no tuviese tuberculosis. ¡Fusiladla y que acabe la obra!. Y ojo, que Damrau me gustó. Quizá no será una de las grandes Violetas, pero es ya una Violeta aceptable.

Para concluir quisiera dejar una pequeña reflexión personal. Simpre que escucho actuaciones como la que Domingo bridó hoy y reacciones como la del público neoyorkino me viene a la mente la primera de las Leyes fundamentales de la estupidez humana de Cipolla: “Siempre e invariablemente cada uno de nosotros subestima en número de individuos estúpidos que circulan por el mundo”. Yo debo ser uno, porque siempre me sorprendo de la enormidad de su número. Señores. Si alguien hace algo tan mal como Domingo esta Traviata. Se llame Domingo, se llame Del Monaco o se llame Caruso, no se le puede aplaudir como algo extraordinario. Si todos aplaudimos con las orejas este tipo de esperpentos, será lo que tengamos.