Reproduzco un artículo aparecido en dos partes los días 28/II y 1/III de 1973 en Momento Sera, y que son realmente interesantes por qué se dice y quién lo dice.

“CARUSO Y CHALIAPIN

Una agencia de noticias, la Reuter, en un despacho de hace unos días comunicaba:  “Se conmemora este mes en Nueva York el centenario del nacimiento de dos grandes cantantes: Enrico Caruso y Feodor Chaliapin. El “Opera News” ha preparado un número especial dedicado a los que, con razón o sin ella, son considerados como el más grande (también puede traducirse “el mejor”) tenor, y el más grande bajo de la historia de la música lírica”.

¡Qué cosa más curiosa! No sólo esto: la voz de Caruso, tenor, era más oscura y pesada que la de Chaliapin, bajo. He exaltado varias veces desde estas páginas las dotes vocales del magnífico cantante napolitano y pude contribuir eficazmente en la finalidad de que el Ayuntamiento de su ciudad, olvidadiza, le rindiese los debidos honores dedicándole una calle y colocando una lápida en la fachada de la humilde casa que lo vio nacer. No hay duda de que en el repertorio verista Caruso pudo sobresalir -gracias a la voz cordial, voluptuosa y de una densidad específica propia de otra cuerda- sobre todos los cantantes de estilo clásico y de repertorio romántico de los primeros 50 años de este siglo.

Las nuevas generaciones saben bien poco de la fama y del perfil artístico del bajo ruso del cual me ocupé ampliamente en la muestra de voces melodramáticas analizadas en mi obra “Voces paralelas” recientemente traducida en la patria de Chaliapin, quizá por el amplio estudio que le dediqué.

Tuve la suerte de representar al lado de Chaliapin Menfistofele de Boito y Faus de Gounod en el antiguo Metropolitan de Nueva York, hoy demolido. Tuve la mpresión de su caprichosa y original personalidad comparando la interpretación que hacía de ese papel en ambas óperas con las de Nazzareno De Angelis; voz insurreccional, potente, grave  a la vez aguda; de un Ezio Pinza, que tenía la voz un tanto baritonal en el color y elegancia de estilo; de un José Mardones, cuya voz rica en armónicos era solemne como un cañón de órgano: tres voces magníficas y magnilocuentes que destacaban casi exclusivamente por el resultado inmediato de las vibraciones sonoras.

Por el contrario Chaliapin parecía no preocuparse completamente de la vocalidad que en él era sólo un medio de expresión como la postura del rostro y el gesto armonioso de las manos. Gigantesco como era, parecía abrazar con las manos el escenario como por ejemplo, en la escena del encantamiento, delante de la casa de Margarita en la noche fragante de primavera. El énfasis, la intención, los matices del pensamiento en la palabra cantada bastaban para arrastrar al público al aplauso, incluso allí donde sus colegas pasaban inadvertidos. En suma, Chaliapin era un genio de la interpretación. El “eco” de su voz era su secreto mágico, evidente de modo particular en Boris Godunov.

Me parece interesante el episodio que me contó Gunsburg, empresario de la Ópera de Montecarlo, a fin de demostrar la sugestión que ejercía sobre el público el gran actor – cantante ruso y por el cual ha pasado a la historia del teatro lírico como el mejor bajo de todos los tiempos, él, que no tenía ni grave, ni oscura, ni densa su voz poliédrica. El sagaz empresario de Montecarlo, no disponiendo de los fondos necesarios para corresponder a las exigencias económicas de Chaliapin, tuvo la “genial” idea de traer a París a otro bajo ruso, no menos gigantesco. Le enseñó la gesticulación, el proceder y las astucias escénicas de gran ausente, y lo anunció al público como el sucesor. La… copia pareció a todos perfecta por la figura y las naturales afinidades de la lengua materna. Al verlo desde fuera no había nada que objetar: la misma escena, el mismo caminar majestuoso, el mismo realismo en la pesadilla de la visión la misma majestuosidad en la escena triunfal. Pero ninguno resultó engañado. Era demasiado evidente la imperfecta, artificiosa imitación, de la cual no se desprendía una corriente de pensamiento que pudiera penetrar en lo más íntimo del espectador. Del infeliz bajo no se tuvo más noticias después de aquella desgraciada experiencia.

La pequeña humanidad no cree en la excepción. Piensa que se dan siempre la fortuna, la trampa, la astucia, el “polvo químico” en la fabricación de los grandes nombres. ¿Cuántos imitadores tuvo Caruso? Todos los epígonos del cantante napolitano copiaron los defectos. La imitación arruinó innumerables bellas voces que, al principo, prometían mucho. Pero duraron poco. Los plagiadores no experimentan la “coincidencia con el personaje”: la estupenda identificación en la que consistía la inimitabilidad de Feodor Chaliapin, “Mefistofele” de Chaliapin, “Don Quijote” de Chaliapin, “Boris” de Chaliapin, “Felipe II” de Chaliapin, “Don Basilio”…

Chaliapin no era el bajo “profundo”, el bajo “tonante”, pero tenía el sentido de la medida y conseguía dar la sensación de una enorme resonancia por oposición de aquel “eco” vocal del que -he dicho- poseía el preciosísimo secreto, dando lejanía y respuesta a los sonidos lo cual tenía en suma un efecto infalible y de incontestable utilidad para una sabia economía del capital vocal. Basta oír aquella voz en la “Canción del Volga”.

A la fama de Caruso y Chaliapin contribuyó con poco la martilleante y altisonante publicidad característica del mundo norteamericano. Por lo cual. me parece más exacto proclamar a ambos artistas, no ya “los más grandes” sino “los más famosos”, ya que la crítica especializada no ahorró lanzar, ni al italiano ni al ruso, alardes demoledores. Tanto es así que Giulio Gatti – Casazza tras la primera representación de cualquier ópera recibía regularmente la dimisión de Caruso en protesta contra los ataques de los censores sin escrúpulos. Chaliapin, a causa de sus arbitrios interpretativos, tenía en su contra en su contra a los más competentes directores de orquesta, los cuales se negaban a seguirlo en sus improvisaciones.  A la enorme celebridad de Caruso contribuyó no poco una ópera verista que parecía hecha a la medida para su turgente voz y para su temperamento: “Pagliacci”. Añádese la aparición del fonógrafo inventado por Edison, que propagó a todos los confines del arte la voz más fongráfica que jamás se ha grabado.

Expuesto esto, es fácil intuir, quizá, la intención de del comunicado de la agencia  de noticias respecto a “aquellos que -con razón o sin ella-  son considerados “los mejores tenor y bajo”. “amicus Plato…” (Amigo Paltón…”) con lo que sigue.

Giacomo Lauri – Volpi.”