No acostumbro a tratar aquí sobre grabaciones, pero esta no puedo, ni quiero, dejarla pasar. He tenido que pedirlo prestado pero por fin he podido escuchar la última creación de Plácido Domingo. Un disco dedicado a Verdi.

En este, Domingo nos guía por un fascinante recorrido por Macbeth, Rigoletto, Ballo in Maschera, Traviata, Simón Boccanegra, Ernani, Il Trovatore, Don Carlo y La Forza del Destino.

Pero ¿es necesario este disco? Este año estamos saturados de verdis. Mejores, peores… de todos los colores (quizá el más decente sea el de Piotr Beczala, al que pudimos escuchar este año en la Met en un insulso Rigoletto, sólo salvado por la gran Damrau). Por cierto, envío mi agradecimiento a Cecilia Bartoli, pues este año me constan sólo dos grabaciones, una Norma (bastante regularceta) y el Stabat Mater de Stefani, obra perfectamente olvidable. Pero se agradece que no haya nada de Verdi (O Wagner, horror me causa el monográfico de Kaufmann o el concierto que se podrá sufrir en Oviedo en unos meses con obras de Verdi y Wagner por Klaus Florian Vogt).

 

Volviendo a Domingo, como ya había dicho todo lo que tenía que decir en 2001 con sus cuatro discos de arias para tenor, pero sigue profesando un amor eterno al teatro (eso es lo que se dice, pero yo me huelo que le gustan más las monedas que al Tío Gilito o que al Señor Burns) ha decidido que este disco sea de arias para barítono.

Comenzábamos diciendo que era un disco fascinante. Tan fascinante como lo pueda ser un cadáver en descomposición. Es fascinante pero termina dando náuseas.

Lo único salvable es la dirección de Pablo Heras – Casado, al que pudimos escuchar este año en Múnich sustituyendo a Nézet – Sçeguin. El canto (?) sencillamente no hay por donde cogerlo.

 

Dentro del respeto que me inspiran todas aquellas personas que se suben a un escenario, da lástima pensar que este hombre, que quizá nunca ha sido un gran cantante pero sí un gran músico (así lo atestiguaban Solti, Kleiber, Karajan o Giulini) haya caído tan bajo. Ya no es más que un bufón (y no precisamente como Rigoletto), ni siquiera es ya la sombra de sí mismo. Resulta completamente irrisorio. Iba a decir patético, pero sería falso. No mueve a lástima, sino a carcajada.

Así todo, como la gente no escucha con las orejas, sino con los ojos, será el éxito operístico del año.

Es una lástima ver que la gente no sabe cuándo dar un paso a un lado para que lleguen los demás. Si bien es tristísimo leer las cartas de Lauri – Volpi en las que habla de que Corelli tiene ya la voz irrecuperable, al menos el señor Corelli nunca llegó a este ridículo. Cuando Bastianini decidió no retirarse pese a su cáncer de laringe, sacrificando su vida por el canto, y fue abucheado en ciertos teatro, tenía el amor de la música de su parte y merecía todo el respeto del mundo. Tampoco llegó a este ridículo.

Cuando la gente dice que que Domingo siga cantando a su edad es un milagro, están equivocados. Ahora sólo hace el ridículo y él mismo, su corte de aduladores y el público sordo en general a la música de verdad no se dan cuenta.

¡Qué lástima!

Me gustaría terminar recordando una frase que le puede ser aplicada a Placimingo (véase en qué ha quedado la auténtica admiración que yo sentía por este hombre). Cuando el mariscal Hindenburg nombró canciller a Hitler (que recordemos, había ganado las elecciones, por si acaso alguien me esgrime el estúpido argumento de que la mayoría no puede estar equivocada) el general Ludendorff le escribió una única frase, que le quiero decir a Míster Domingo: “Las generaciones futuras escupirán sobre su tumba por lo que ha hecho”.

¡Qué lástima!