El pasado día once pudimos asistir al ensayo general de La Traviata que se va a ofrecer en fechas próximas en la capital del Principado.

Las sensaciones que tuvimos fueron desiguales, tanto como los solistas. La primera escena pareció completamente dominada por los comprimarios. El Marqués d’Obigny (José Manuel Díaz) estuvo realmente imponente en todas sus intervenciones, liderando junto al Señor de Grenvil (David Sánchez, bajo a tener muy en cuenta) un equipo de secundarios que adelantó por la derecha a la pareja protagonista.

Violeta Valéry (Ailyn Pérez) fue muy desigual, con bastantes dificultades en el acto primero, un soso segundo y un brillante tercero. Esperemos que en los dos primeros actos se estuviese reservando mucho mucho para las funciones.

El que sí esperemos que se estuviese reservando, porque si no el fracaso va a ser antológico, es Alfredo Germont (Aquiles Machado). Si bien se agradece escuchar este papel en una voz oscura, como de hombre de verdad (recordemos a Míster Pirgu el pasado año en Nueva York y lo mucho que nos horrorizó), se echó en falta mayor arrojo e imaginación. En el aria con la que se abre el segundo acto nos dejó más frío que si nos hubiese atropellado un iceberg.

Tras Violeta y Alfredo, no podemos sino citar a Cimarosa y su Maestro di Capella con “Ah, dove sono andati quei celebri maestri que sappevano tanto?”

Pues esos célebres maestros aparecieron en el segundo acto. Giorgio Germont (Gabrieli Viviani) Un barítono de muchísimos quilates que fue el único que de verdad mereció la pena en esta producción. Dominador absoluto de la escena y con una voz resonante e impresionante. ¿Será casualidad que sea el único italiano del elenco?

Les dejo un vídeo de este barítono cantando I Puritani en el teatro comunal de Bolonia en 2009.

Por su parte, el coro de la Ópera de Oviedo estuvo realmente sobresaliente, con una dicción clarísima y una afinación magnífica.

Por su parte, la dirección orquestal de Carlo Montanaro y las intervenciones de la Oviedo Filarmonía fueron rutinarias tirando a aburridas.  Tempi erráticos, en ocasiones acelerados hasta la locura y otras directamente aburridos. Las notas estaban, pero faltó el drama.

La puesta en escena debemos decir que ha sido de lo mejor. Y no deja de ser triste pensar que una puesta en escena es realmente buena cuando no molesta, que es lo mejor que se puede decir de esta. Completamente despejada, con un sólo diván, una mesa en la primera parte acto segundo, una mesa de juego para la segunda parte y poco más. El mayor problema era que las paredes especulares hacía que se reflejasen las luces y deslumbraban bastante. Pero no estuvo nada mal.

Lo que no conseguimos comprender es el cambio producido en el final. Cuando Violetta se muere viaja al cielo cual Marguerite en Fausto mientras todos los asistentes al luctuoso suceso (Doctor Grenvil, Annina, Alfredo y Giorgio) se quedan quietos. Hasta ahí nada que objetar y sí mucho que aplaudir. Lo malo es que también se quedan mudos, cuando debería cantar aún un cacho (recordemos lo de Oh cielo! muor! Violetta? Oh Dio, soccorrasi… È spenta! O mio dolor!).

Pese a que la idea funciona escénicamente, cuando los escenógrafos, con el beneplácito de los directores de orquesta, se nos pone el Vuelo del Moscardón tras la oreja.

In somma delle somme, una Traviata desigual. Digamos que la pareja protagonista estuvo reservada, una dirección orquestal desvaída y aburrida y unos sobresalientes coro, Marqués d’Obigny, Señor de Grenvil y, sobre todo, Giorgio Germont, que fue lo mejor de la noche.

Hans.